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Thursday, October 31, 2013

¿Qué nos enseña el relato de Lázaro?

Cuando Jesús estuvo en la tierra, se hizo muy amigos de Lázaro y sus hermanas María y Marta. Tenían una amistad muy estrecha tanto que la Biblia dice que "Jesús amaba a Marta y a su hermana y a Lázaro". (Juan 11:5) Pero Lázaro murió. Jesús sintió el dolor y la pena que produce la muerte pues la Biblia dice que "gimió en el espíritu y se perturbó" y luego "cedió a las lágrimas". (Juan 11:33, 35)

En cierta forma, el que Jesús sintiera tanto dolor nos da ánimo. Nos enseña que tanto él como su Padre odian la muerte. Además, Jehová tiene el poder necesario para combatir a este enemigo y derrotarlo.

Lázaro estaba sepultado en una cueva, y Jesús pidió que quitaran la piedra que cerraba la entrada. Marta puso reparos y le dijo que, como llevaba muerto cuatro días, ya estaría descomponiéndose (Juan 11:39). Desde un punto de vista puramente humano, no había ninguna esperanza.

Cuando hicieron rodar la piedra, Jesús clamó con voz fuerte: “¡Lázaro, sal!”. ¿Qué ocurrió entonces? “El hombre que había estado muerto salió.” (Juan 11:43, 44.) ¿Se imagina lo contentos que se pusieron todos? Tanto sus hermanas como sus parientes, amigos y vecinos sabían muy bien que Lázaro había fallecido; pero ahora volvían a tener a su lado a aquel hombre al que tanto querían.

Jesús no dijo que él hubiera realizado este milagro por sí solo. Justo antes de llamar a Lázaro, hizo una oración en la que identificó a Jehová como Aquel que hace posible la resurrección (Juan 11:41, 42).

La Biblia enseña que los muertos “no tienen conciencia de nada en absoluto”, es decir, ni están vivos en algún lugar ni se dan cuenta de nada. El relato sobre Lázaro lo confirma. Cuando él volvió a la vida, ¿emocionó a la gente contándole cómo era el cielo? ¿La asustó con horribles historias sobre un infierno ardiente? No. La Biblia no dice nada de eso. En los cuatro días que estuvo muerto, Lázaro no había tenido “conciencia de nada en absoluto” (Eclesiastés 9:5). Sencillamente, había estado durmiendo en la muerte (Juan 11:11).

Lo que sucedió con Lázaro también nos enseña que la resurrección no es ninguna leyenda, sino una realidad. Jesús levantó a Lázaro ante los ojos de toda una multitud. Ni siquiera los líderes religiosos se atrevieron a negar el milagro, y eso que odiaban a Jesús. Más bien, dijeron: “¿Qué hemos de hacer, porque este hombre ejecuta muchas señales?” (Juan 11:47). Muchas personas fueron a ver al resucitado y terminaron creyendo en Jesús. Vieron que Lázaro era una prueba viva de que Jesús era el enviado de Dios. Tan clara era esa demostración que algunos de los insensibles líderes religiosos judíos se pusieron a buscar la forma de matar a Jesús y a Lázaro (Juan 11:53; 12:9-11).

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