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Tuesday, April 19, 2011

Un nuevo mundo: lo que ahora es un sueño

Después de haber cerrado el libro, me eché sobre la alfombra de mi habitación con las piernas cruzadas y mis manos sujetando mi cabeza. Mirando el cielorraso, empecé a cerrar mis ojos y a soñar mientras mi rostro reflejaba una tenue sonrisa.

Samuel Jimenez, su esposa Elizabeth y la pequeña Susan eran nuevos en el vecindario. Luciana los recibió como si fueran viejos amigos.

- ¡Bienvenidos! Soy Luciana, vivo en la casa de enfrente. - dijo la vecina ofreciéndoles un caluroso apretón de manos y una dulce pero natural sonrisa.

- ¡Gracias! - respondió la joven pareja al mismo tiempo.

- Soy Samuel y ella es mi esposa Elizabeth. Susan es nuestra hija. – dijo Samuel - Acabamos de mudarnos, nuestras pertenencias ya están dentro de la casa.

- Esta mañana llegué, estuve de viaje por una semana con mi familia. Y al llegar, me encuentro con la grata sorpresa de que tengo nuevos vecinos. - dijo Luciana.

- Pero por favor Luciana, pase para seguir conversando. Prepararé una refrescante limonada. ¿Qué le parece? - Preguntó Elizabeth

- Claro que sí, encantadísima. - replicó Luciana y luego invitó a la pequeña Susan a jugar con su hermana menor Caroline y los demás niños de la zona en el parque de la esquina.

Al ingresar a la acogedora salita de los Jimenez aún se veían algunas cuantas cajas de cartón sin abrir. Luciana, mientras sostenía en sus manos un portarretrato de la familia el cual lo alzó del centro de la mesa, les preguntaba la edad de Susan y cómo ella se sentía por la mudanza.

Elizabeth sirvió limonada para todos e invitó a sentarse en el cómodo y suave sofá. Después que cada quién le hubo dado un sorbo al refresco y asentado el vaso sobre la pequeña mesa de vidrio central, empezaron a disfrutar de una emocionante conversación.

Luciana les preguntó de dónde venían y cómo se sentían en el nuevo vecindario. La joven pareja expresó sus sentimientos de tristeza y lamento. Vivían en una zona en la que cada día sufrían discriminación pues ellos eran inmigrantes. Ni la pequeña Susan se salvaba, ya que en el colegio sus compañeros estaban impregnados de este gran mal social. Sin embargo, no solo la discriminación les afectaba, prácticamente habían tantos problemas sociales que eran el pan de cada día.

Con los ojos vidriosos, Elizabeth recordó cómo cierto día llegó su pequeña Susan a casa preguntándole por qué era diferente, ella quería ser igual a sus compañeros para que estos la quisieran y jugaran con ella.

Vivíamos en una zona violenta - intervino Samuel. Los hijos eran desobedientes a los padres, desagradecidos y descariñados. Cuando sus padres envejecían, los abandonaban en un asilo caso contrario los maltrataban.
Los matrimonios no duraban, en poco tiempo después de contraer nupcias, se divorciaban. Por ellos es que muchas parejas preferían vivir juntos sin casarse.

El respeto por los valores, la moral y principios se había perdido casi completamente. Ya no se practicaba la cordialidad y camaradería entre vecinos. Era difícil la buena convivencia.

El pensamiento humano era egocentrista, primero pensaban en sí mismos y no importaba si causaban daños a los demás.

Luciana estaba pasmada. Samuel y Elizabeth tenían el semblante decaído. No obstante, después de haber tomado un respiro profundo, Samuel continuó – Ya ha pasado una semana desde que nos mudamos a este vecindario y nos sentimos realmente muy contentos – tomando de la mano tiernamente a Elizabeth.

Con una sonrisa en el rostro y con las manos tocando su pecho, Elizabeth exclamó - ¡Aquí las personas son tan buenas! ¡Los niños son tan educados! ¡Aquí se respira paz, amor y tranquilidad!

No nos hemos enterado de ninguna mala noticia – dijo Samuel. Mas bien, todo lo que encontramos a nuestro paso son buenas cosas. La gente es laboriosa y amable. Los valores se practican y todos lucen sonrientes. Nadie se queja.

El otro día – intervino Elizabeth – estaba cargada de frutas y verduras, Samuel no estaba conmigo, y una joven voluntariamente me ayudó con las cosas hasta la puerta de mi casa.

Lo que más me impresionó sobre todo – agregó Samuel – fue el hecho de ver a tanta gente de diferentes razas y regiones conviviendo juntas, unidas y felices. Sin hacer ninguna distinción, como si todos fueran un solo pueblo. Todos disfrutando del compañerismo y aprendiendo la cultura uno del otro. Chinos, españoles, bolivianos, argentinos, chilenos, italianos, etc. ¡De todo!

- Este es justamente el Nuevo Mundo del que me habló una señora cuando tocó mi puerta en aquella zona donde vivíamos – añadió Elizabeth – y cada vez que aprendía más, quedaba encantadísima. Ahora comprendo por qué no dejaba de enseñarnos a mi esposo, a mi niña y a mí. Dios ha cumplido su promesa.

En eso, la pequeña Susan entró corriendo por la puerta a la casa diciendo: ¡Papá! ¡Mamá! Ahora tengo muchos amigos y ¡todos me quieren!

Samuel y Elizabeth abrazaron a su pequeña.

¡Despierta Lizzy! ¡Despierta! Tus amigas llegaron, te están buscando para continuar enseñándote más acerca de las promesas bíblicas – exclamó mi mamá.

Me levanté, agarré mi libro y salí a recibirlas.

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